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Miles de menores languidecen en precarios centros de detención de Filipinas

September 30, 2014 · 

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Vida | 23/09/2014

 

Helen Cook

Manila, 23 sep (EFE).- Miles de menores filipinos languidecen en precarias celdas de los centros de detención del país, adonde son trasladados tras ser arrestados por la Policía y donde permanecen durante meses en pésimas condiciones.

Según cifras del Servicio de Prisiones Jesuita de Filipinas, unos 20.000 menores pasan cada año por estos centros de detención, muchos de los cuales son chicos que viven en la calle y que, en ocasiones, se ven forzados a efectuar pequeños robos para poder sobrevivir.

“Muchos de los niños han sido expulsados de sus hogares porque sus padres ya no pueden cuidar de ellos y, lógicamente, en algún momento tienen que robar comida para tener algo que llevarse a la boca”, explica a Efe el sacerdote Shay Cullen, director de la fundación para la ayuda a menores PREDA.

“Otras veces -añade- se les arresta sin ningún tipo de pruebas, simplemente porque los vecinos se quejan constantemente de su presencia, tras lo que permanecen en los centros de detención durante meses sin que nadie se preocupe de los menores ni que se inicie ningún tipo de gestión para decidir qué hacer con ellos”.

PREDA dedica parte de sus esfuerzos a rescatar a algunos de estos niños, y en esta ocasión, Cullen acude con su equipo a un centro de detención situado en el sur de Manila, en una zona deprimida del distrito de Parañaque.

Su objetivo es llevarse del centro a tres niños y trasladarlos a la casa que posee la Fundación PREDA en la ciudad de Olongapo, a unos 100 kilómetros de la capital del país.

En el demacrado edificio, rodeado de chabolas, decenas de jóvenes esperan sentados en el suelo de tres celdas distribuidas en el segundo piso, desprovistas de cualquier tipo de comodidad.

Los menores permanecen encerrados tras los barrotes todo el día, rodeados de suciedad, goteras y cucarachas, sin que el centro apenas organice actividades para entretener o educar a los “presos”, como revela el horario colgado en una de las mugrientas paredes.

“No se puede presentar cargos contra ellos, porque no tienen más de 16 años, pero sí se les puede retener en estos centros durante meses, en los que nadie hace nada por ellos. No tiene ningún sentido que se les trate así”, afirma Cullen.

Aunque disponen de 12 horas para dormir, de 6 de la tarde a 6 de la mañana, el duro suelo y la falta de cualquier clase de colchón o manta que amortigüe el cemento les impide descansar cómodamente, y el aspecto físico de los menores es alarmante.

Tras una gestión de unos 20 minutos, las autoridades competentes ceden a PREDA la custodia de los tres chicos, que salen del que ha sido su hogar los últimos meses descalzos y con una escuálida bolsa de plástico en la que guardan sus escasas pertenencias.

Dexter, Robert y Rocky, todos de 14 años, suben al coche de PREDA desconfiados y con lágrimas en los ojos, pero pronto comienzan a contar los horrores que han vivido en el centro, donde los guardas, dicen, les sometían a trabajos forzados y les daban palizas si no cumplían las órdenes.

“Eso es lo normal -explica Cullen-. En estos centros, el control de lo que sucede es mínimo y lo peor es que muchos de los chicos acaban convirtiéndose en esclavos sexuales durante su estancia”.

El sacerdote explica que algunos de los niños que están en los centros de menores ni siquiera han cometido un crimen ni viven en la calle, sino que son el objetivo de un tipo de secuestro por parte de la policía.

“Algunos agentes capturan a los niños y les encierran en los centros con el objetivo de que los padres del menor les paguen un ‘rescate’ para que les suelten”, dice.

Para el religioso, que lleva más de cuatro décadas luchando por los derechos de los menores en Filipinas, la forma en que el país trata a sus niños es completamente inaceptable.

“El hecho de estén encerrados en centros de detención no significa que se pueda pasar por alto completamente sus derechos humanos, como sucede en la actualidad”, denuncia.

hc/grc/msr
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